Rituales de comprensión
Hablemos de recuerdos
Por la tarde de aler recibí 10 disparos directo en mi nuca, fueron certeros y tan finos como una hoja o una nota musical tocada por aquellos músicos de Bangladesh, con sus sitares tan grandes como montañas; ahí estaba yo, parado en medio de un cañón y mi cabeza, quizá un poco antes o un poco después, pero lo que realmente paso es que en mi cabeza entraron 12 balas, posiblemente 10, deje de contarlas luego de la décima, pero imagino que fueron un poco mas o un poco menos; ¿a que estamos jugando? basto u momento para darme cuenta que tenia muchas mas balas que piedras en mi riñón; El asunto fue así, salí por la puerta y ya estaba esperándome, entonces salí de mi y analice la situación, vi como mi madre observaba la controversia, ella se veía mas joven que de costumbre, llevaba sus ojos verdes y sus cabellos dorados, su rostro reflejaba una sensación de paz que resultaba inquebrantable, podría recordar incluso la primera bala, que nos llevaba directamente a la bahía de guantanamo, donde los tonos verdes afectaban al psique, que se retorcía al sentir la ausencia de placer, pero que al final nos levaba a el momento donde entraba por mi nuca y no salía, si no hasta tocar al siguiente disparo, que siguió consecutivamente a su hermano gemelo, el cual estaba apunto de impactar en mi nuca, que entró, recordó y dejó de doler por una eternidad; olía a esa vieja receta que mi abuela solía preparar para sus 13 hijos, eran tan buenos, cada uno a su manera, pero todos ellos hacían, sin querer, un bache en el momento que salían de casa para hacerse como los arboles; cada uno tuvo 3 hijos, de los cuales solo uno solía ser el verdadero, pero nunca lo podríamos saber dado a que carecía de relevancia a la hora de saber quien pintaría el rostro de mamá por la mañana; ella tenia los ojos verdes y todos los días hacia la cama de cada uno de los hijos, tan buenos como malagradecidos, ya que solo bendecían a las miradas que observaban el llanto de mi abuela, que era mi madre, que también observaba, sin querer, como entraba la segunda bala en mi nuca; la tercera fue mas rápida, casi duro una fracción de segundo, pero cada segundo que pasaba en mi reloj de mano (que no traía puesto) me daba a entender que esta vez mancharía un poco el sofá donde descansaba mi padre. Después de ese momento, todos los golpes a mi nuca, fueron ligeros y rápidos, no los sentía hasta que la decimotercera bala no acertó; no fue suerte, simplemente la bala no existió.
Por la tarde de aler recibí 10 disparos directo en mi nuca, fueron certeros y tan finos como una hoja o una nota musical tocada por aquellos músicos de Bangladesh, con sus sitares tan grandes como montañas; ahí estaba yo, parado en medio de un cañón y mi cabeza, quizá un poco antes o un poco después, pero lo que realmente paso es que en mi cabeza entraron 12 balas, posiblemente 10, deje de contarlas luego de la décima, pero imagino que fueron un poco mas o un poco menos; ¿a que estamos jugando? basto u momento para darme cuenta que tenia muchas mas balas que piedras en mi riñón; El asunto fue así, salí por la puerta y ya estaba esperándome, entonces salí de mi y analice la situación, vi como mi madre observaba la controversia, ella se veía mas joven que de costumbre, llevaba sus ojos verdes y sus cabellos dorados, su rostro reflejaba una sensación de paz que resultaba inquebrantable, podría recordar incluso la primera bala, que nos llevaba directamente a la bahía de guantanamo, donde los tonos verdes afectaban al psique, que se retorcía al sentir la ausencia de placer, pero que al final nos levaba a el momento donde entraba por mi nuca y no salía, si no hasta tocar al siguiente disparo, que siguió consecutivamente a su hermano gemelo, el cual estaba apunto de impactar en mi nuca, que entró, recordó y dejó de doler por una eternidad; olía a esa vieja receta que mi abuela solía preparar para sus 13 hijos, eran tan buenos, cada uno a su manera, pero todos ellos hacían, sin querer, un bache en el momento que salían de casa para hacerse como los arboles; cada uno tuvo 3 hijos, de los cuales solo uno solía ser el verdadero, pero nunca lo podríamos saber dado a que carecía de relevancia a la hora de saber quien pintaría el rostro de mamá por la mañana; ella tenia los ojos verdes y todos los días hacia la cama de cada uno de los hijos, tan buenos como malagradecidos, ya que solo bendecían a las miradas que observaban el llanto de mi abuela, que era mi madre, que también observaba, sin querer, como entraba la segunda bala en mi nuca; la tercera fue mas rápida, casi duro una fracción de segundo, pero cada segundo que pasaba en mi reloj de mano (que no traía puesto) me daba a entender que esta vez mancharía un poco el sofá donde descansaba mi padre. Después de ese momento, todos los golpes a mi nuca, fueron ligeros y rápidos, no los sentía hasta que la decimotercera bala no acertó; no fue suerte, simplemente la bala no existió.

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